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¿Te estás preguntando de qué se trata todo esto? Escritores invitados comparten su perspectiva.

La voz

 

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A partir de nuestro silencio de recién nacidos, la voz de nuestros padres nos saca de nosotros mismos y nos lleva a su mundo de lenguaje, leyes y lógica. Aún antes de que vayamos a la escuela, la ubicua televisión y muchos otros dispositivos multimedia nos presentan las voces del mundo y los anuncios del deseo. Nuestra propia experiencia está intervenida por las voces que oímos, que con el tiempo se convierten en conceptos profundamente arraigados que forman el grueso de las subjetividades de nuestra mente.

De hecho, la interpretación materialista de lo que significa ser humano, afirma que no hay ningún “nosotros” antes de que este aprendizaje se lleve a cabo. Que no somos más que una tabula rasa, una pizarra en blanco sobre la cual se escriben las ideas de la experiencia empírica. El concepto de tabula rasa está basado en la filosofía empirista del siglo diecisiete: no hay nada en la mente que no esté primero en los sentidos. Imagínense lo que los empiristas del siglo diecisiete pensarían de la cacofonía absoluta de nuestro mundo del siglo veintiuno. Su ruido omnipresente se insinúa en nuestra conciencia, convirtiéndose en una red a través de la cual interpretamos el mundo y a nosotros mismos. No es que solo creamos ideas de nuestras experiencias perceptivas, sino que acumulamos ideas que nos son impuestas desde diversas fuentes externas, fuentes de intereses creados en cómo pensamos y en lo que creemos.

Jugando con la multitud

 

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Las generaciones van pasando, la línea de la humanidad, persona tras persona. Venimos a enfrentar el escenario de esta vida, ascendemos, desempeñamos nuestro papel y nos vamos. Como actores de este drama universal, ¿para quién actuamos?

Cuando era estudiante de séptimo grado jugué en mi pueblo el partido benéfico de baloncesto anual de la Fundación March of Dimes entre la secundaria parroquial y una secundaria pública, eran todos niños de 14 años o menores. El equipo rival tenía una superestrella en ciernes y mi misión era marcarlo y tratar de anularlo desde el comienzo hasta el final en ambos lados de la cancha. Muy ocasionalmente yo tocaba el balón, y solo lancé una vez al cesto en todo el partido.

Fue en el cuarto tiempo. Recibí un pase, driblé  alrededor, paré y me encontré aproximadamente a 10 metros de distancia del cesto. Por el hecho de haber dejado de driblar, mi defensor retrocedió dejándome solo en la cancha. Incapaz de pasar el balón a un compañero, miré hacia el cesto. El tiempo se detuvo mientras los jugadores en la cancha y el resto de las personas en el auditorio repleto esperaban ver si yo lanzaba. Después de lo que debió parecer un tiempo incansablemente largo, giré desde la cadera y dejé volar un gran arco iris, un tiro de ensueño con un arco muy alto.

Agradecimiento versus Gratitud

 

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Nunca eduqué a mi hijo para que dijera “gracias”. Fue una omisión intencional, un experimento. Mi madre se escandalizó. “¿qué hay de malo en decir gracias?” Nada, por supuesto, pero para que esa expresión sea sincera debe provenir de un sentimiento, no al revés. No sabía cuál sería el resultado, y desde luego no quería que él pareciera descortés o desagradecido con los adultos. El resultado fue bastante mágico. Mi hijo agradece todo el tiempo, a mí y a otras personas, de la manera más genuina y conmovedora.

No hace mucho escuché decir a Maharaji: “Para que exista agradecimiento primero debe haber gratificación”. Esto es lógico y sin embargo parece desestimar la formalidad común que indica que es conveniente mostrar agradecimiento por un favor, más allá de sentirlo o no. Después de todo no queremos parecer ingratos, ¿verdad?

A lo largo de mi vida he agradecido a cientos de personas por todo tipo de cosas, tanto triviales como significativas. Sin embargo fue debido principalmente al hábito y condicionamiento social, el sentimiento verdadero estaba en muchas ocasiones ausente. Me alegra haber hecho que la gente se sintiera feliz por su amabilidad y por los favores que me hicieron, pero cuando la expresión no nacía del sentimiento siempre me parecía un poco deshonesta y vacía.

Un recurso global

satchmo.pngHay una historia maravillosa sobre Louis Armstrong, el famoso músico de jazz, a quien EE.UU. nombró “Embajador de Buena Voluntad”. Junto a su banda, The All Stars, visitó cincuenta y dos países, conquistando a la gente con su música, su alegre sonrisa y su contagiosa buena naturaleza. Mientras estaba de gira en 1956 por la recién independizada Ghana, 100.000 personas asistieron a un concierto al aire libre para escucharlo tocar. El jefe de policía — preocupado por la idea de que aquella música rápida pudiera encender los ánimos en exceso — le pidió que tocara un poco más lento. “OK, papi,” respondió Louis, “’les daré un ritmo más lento.” Y fue así como The All Stars lanzó la canción más soporífera de su repertorio, “Cuando es hora de dormir allá en el sur,” De este modo tranquilizó al jefe de policía con respecto a la seguridad. Después de la actuación, la gente lo esperó en la calle y lo siguió hasta el hotel en una procesión de más de un kilómetro. Es fácil comprender por qué era considerado un tesoro nacional— expresaba las cualidades de su cultura de forma única y contundente, de manera que la gente no pudiera evitar admirar y sentir la música que él amaba.

Yo creo que Prem Rawat es un tesoro global. Expresa los más altos ideales de la humanidad — como la esperanza y la compasión. Inspira y renueva las aspiraciones más altas en la gente que lo escucha. Como yo, por ejemplo. He sentido que mi vida ha cambiado muchas veces gracias a sus palabras. He sentido que tengo un entendimiento y una profunda gratitud. He reconocido, o recordado, lo maravilloso que es estar vivo. Es a él a quién debo dar crédito por lo que he comprendido.

La Efímera, (Mosca de Mayo) y el Oasis

 

mayfly.pngUn día primaveral de mayo, cuando tenía unos diez años, descubrí que la efímera solo vivía un día. 

Me pregunté, “¿Cómo puede algo, vivir por solo un día?”.

Sentí terror. No sé por qué. Quizá fue porque todavía era muy pequeño y me parecía que aún me quedaba mucha vida por delante para experimentar y disfrutar.  El hecho de que esa vida pudiera acabar después de un día, sólo un día, me dio verdadero pavor.

De alguna manera, conseguí liberarme de aquel horror que se había apoderado de mí.

“Aun eres muy pequeño”, me dije. “Tienes toda la vida por delante. Podrías vivir otros setenta años”. 

Me relajé y pronto me olvidé de la efímera.

El tiempo vuela. Ya tengo cincuenta y nueve.

Cuando tenía diecinueve años, tuve la gran fortuna de oír hablar del maestro, Maharaji, y del Regalo del Conocimiento, que él ofrece. Un año y medio después solicité el Conocimiento y lo recibí. Después, puse en práctica lo que él me enseñó. Todavía lo hago.  

Ahora, trabajo para un pequeño periódico que se publica cuatro veces a la semana, parte de mi trabajo consiste en corregir los artículos que se van a publicar. Eso incluye las esquelas. Casi a diario, tengo que recordar el hecho de que todos nos marcharemos de aquí un día; que nuestras vidas están sujetas a un tiempo limitado: un principio, un medio y un final. Estamos aquí por un tiempo, después, nos marchamos. Algo parecido a lo que le pasa a la efímera. La mayoría de nosotros, por supuesto, vive mucho más que eso. La esperanza de vida media ronda los setenta años, aproximadamente 25.550 días. Sin embargo, a la larga, ¿no es un periodo realmente corto?

 

El sabio dijo que la vida es como un hotel: el primer día llegamos y, al siguiente, nos marchamos. Muchos han hablado de nuestro final: que nos podemos ir en cualquier momento y no sabemos cuándo, dónde o cómo.

Todavía me hace temblar la gran pregunta: ¿A dónde vamos después? Sin embargo cuando practico el conocimiento, siento que hay un lugar especial dentro de mí que está por encima del tiempo, el espacio, los límites, las condiciones y las circunstancias. En ese lugar, vuelo. Para mí es un oasis.  Cuando estoy ahí, bebiendo en ese oasis, descanso. Me refresco, rejuvenezco, me vuelvo a poner en marcha. Siento una fuerza, una sensación de plenitud. En una palabra, me siento completo.

Todavía me acuerdo de la efímera,  y en ocasiones, de la sorprendente revelación que tuve cuando era pequeño. Por supuesto, todavía me surge la gran pregunta; pero, ahora, cuando eso sucede, me siento muy contento y agradecido porque mi maestro me enseñó el camino al oasis, donde puedo ir cada vez que quiero beber hasta que mi corazón está satisfecho.

Illustración de Sara Shaffer.

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